Teatro

Por Fer Blanco.

“En lo alto para siempre” mientras abajo todo se hunde, con la brisa de las alturas, la paz luego del caos, la euforia del recuerdo. Cerrar los ojos, respirar profundo y dejarse llevar por la ausencia, la angustia, eso que no podemos cambiar y que nos conecta con lo más íntimo de cada uno...

Él, que se para sobre el abismo, se mira las manos y busca estabilidad, percibimos su calma, mira al cielo, toma aire y se tira. Una y otra vez. En la cabeza de su madre y ante nuestra vista. ¿Puede una madre aceptar el suicidio de un hijo? En lo alto para siempre, como si pudiera poner pausa en el instante exacto de calma antes de saltar.

Abajo todo se hunde, vemos un living intacto con el agua a la mitad, una realidad “tapada por el agua”. Mientras arriba se está, se existe (“porque sabemos bien que existir no es lo mismo que vivir”). La vecina entre preocupada por el posible suicidio de la madre y el morbo de verla saltar, la madre que lo único que no puede es saltar, que no quiere ocuparse de lo de “allí abajo” y una hija embarazada que se ocupa de todo, que se hace cargo.

La inundación trae a un plomero con miedo a las alturas, que entiende, que sabe, que es empático y logra una conexión preciosa. Una conexión que trabaja también con la ausencia de él que saltó, que ya no está. Que salta una y otra vez en la cabeza de la madre, pero que un día viajó a Bolivia y se enamoró de sus bailes, que acalló sus fantasmas con colores y música fuerte, esos bailes que el plomero también conocía. Y ahí nomás, entre la calma antes de saltar y el vértigo, aparece el baile que los incluye a todos y los conecta, se permiten un recuerdo feliz y encontrarse en la tristeza. Una imagen preciosa al ritmo de Alanis Morissette: And what it all comes down to is that everything's gonna be fine, fine, fine...

En todo momento se genera un clima de calma, podemos ver la proyección de la luna, en luz tenue, descubrir el paso del tiempo y sorprendernos. Nos alejamos un poco de la escena y volvemos a mirar la casa inundada, el vacío alrededor, la oscuridad que habita el espacio, y la luz cálida al centro que logra la intimidad necesaria entre los personajes, que se conectan comprensivos del otro, sin juzgar, viviendo el ahora. En ese momento exacto de sentir el abismo, la adrenalina de la altura, de aquietar las manos y calmar la mente, como si se pudiera detener el tiempo justo antes de saltar.

El trabajo de los actores es detallista y toda la puesta escénica trabaja con ellos para generar el clima que necesita la obra. La escenografía como representación simbólica de esa familia que se hunde por dentro y tiene que salir a las alturas para encontrar algo de paz, y la iluminación que nos va acompañando en el proceso de conocer a los personajes, de dejarnos llevar por su historia, sin juzgarlos, empáticos nosotros también como espectadores, con la ausencia de él que saltó presente en toda la obra.

Jueves a domingos 21 hs.
Teatro Nacional Argentino - Teatro Cervantes
(Libertad 815, CABA)


Ficha técnica
Dramaturgia y Dirección: Camila Fabbri y Eugenia Pérez Tomas.
Actúan: Pablo “Kun” Castro, Delfina Colombo, María Onetto y Marcelo Subiotto.

Producción: Lucero Margulis.
Asistencia de dirección: Marcelo Mendez.
Asistencia de iluminación: Estefanía Piotrowski.
Asistencia de escenografía y vestuario: Sofía Eliosoff.
Colaboración artística: Ignacio Ceroi.
Música: Guillermo Pesoa.
Coreografía: Virginia Leanza.
Iluminación: David Seldes.
Escenografía y vestuario: Mariana Tirantte.