Lugares

 

Caminar por las calles de un país ajeno es una experiencia única, sobretodo si esas calles pertenecen a París. Esta ciudad nos sorprende con sus cafés de toldos rojos, sus “boulangeries”, sus edificios imponentes en los que se inspiró nuestra querida Buenos Aires para diseñar alguna de sus esquinas en un momento de bienestar económico, sus calles en las que todo es posible y a veces puede resultar mejor perderse que encontrarse. París es una ciudad donde caminar sin destino aparente se transforma en algo placentero y sorprenderte, donde cada mirada es una historia que acaba de comenzar y cada adoquín esconde la historia que nos gustaría escuchar.

Cada rincón tiene su esencia, Montmatre es el barrio bohemio donde abundan cafés de todos colores, artistas callejeros y retratistas. Un barrio pintorezco con altas escaleras que nos guían hasta la bellísima Iglesia Sacré-Coeur. Recorriendo los alrededores, ya por debajo de esas escaleras, nos vamos a encontrar con el famoso Moulin Rouge cuyos espectáculos son conocidos en todo el mundo pero sus precios solo son compatibles con el bolsillo de algunos pocos. Unas cuadras más allá se nos puede aparecer el Cafée Deux Moulins donde Amélie trabajaba como camarera en la película “Le fabuleux destin d'Amélie Poulain” y nada mejor que recorrer estas calles con un crêpe au Nutella en mano.

Otro buen recorrido en esta ciudad es revivir a la Maga y Oliviera – los protagonistas de Rayuela, de Julio Cortázar – en el Barrio Latino, visitar el mercado de Mouffetard, sus bares y puestos donde venden frutas con colores tan intensos que no necesitan photoshop y pescados de todo tipo y sabor. Si seguimos caminando, todo comienza a estar muy cerca y tan solo unas cuadras más allá vas abriendo el paso hacia el Panthéon, La Soborne, los Jardines de Luxemburgo, Notre Dame, La Concergerie y podríamos seguir nombrando lugares increíbles. De pronto, las calles se abren y se presenta magnífica ante tu vista una cúpula, vas hacia allá y en un rincón te llama la atención el diseño de una construcción única y te vas perdiendo entre adoquines, detalles arquitectónicos, “mercys”  y un conjunto de sensaciones que se funden entre sí, emociones absorbentes de cierta magia que se esconde entre calles que vieron pasar a la nobleza, la revolución, las artes populares, corrientes de pensamientos memorables y belleza por todos lados.

Podés visitar la galería Vivienne y ser cortazeana/o hasta la médula o reconocerte en Balzac, podés ir a los Jardines de Luxemburgo e imaginarte a Madame Serpiente (Catalina de Médicis) llevando a cabo sus planes maquiavélicos y mejor aún, podés ser Luis XIV  y recorrer el Palacio de Versalles con cada detalle, cada secreto, cada estrategia y, sobretodo, cada capricho que parecerían tener alguna cuestión genética dominante ya que cada Rey o Reina tuvo el suyo. Aunque debemos reconocer que el capricho más llamativo fue el de María Antonieta cuando mandó a hacer su aldea medieval en pleno Jardín de Versalles, algo hermoso pero contradictorio e inexplicable: intrigas que solo París entiende.

Y ahí estábamos, con nuestra cámara a cuestas, los pies que no daban más, un crêpe en la mano, abriéndonos paso por el Louvre, el Arco del Triunfo, la Torre Eiffel y nada más ni nada menos que la Ópera Garnier y su majestuosidad, su Fantasma de la Ópera, su Víctor Hugo, sus detalles, su esencia. Una visita imperdible para amantes del teatro.

París logra enamorarnos en cada esquina, logra sorprendernos con sus edificaciones y paisajes en el choque de calles, logra llevarnos más allá, hacia múltiples destinos, hacia el pasado y hacia lo ficticio, París nos regala un poquito de su magia a cada paso.

Una buena clave para poder disfrutarlo más y recibir ayuda de los parisinos es hacer un esfuerzo por hablar en francés, aunque sea para iniciar la conversación/consulta con un “bonjour” (buen día) o “Excuse moi, je ne parle pas français, est-ce que tu parle espagnol/anglais? (Disculpe, no hablo francés. ¿Ud. habla español/inglés?) y luego seguir en el idioma correspondiente contando con la simpatía de nuestro interlocutor. Aunque por lo general la gente es amable y es bastante común que al verte con un mapa en la mano se acerquen a ofrecerte su ayuda como guías de la ciudad.

París es un lugar de esos que te dejan con ganas de más, de los que esperás con ansias una segunda, tercera o cuarta cita, que te permiten disfrutar del silencio y la soledad, que tiene su cara majestuosa y su cara rebelde que le da un tinque exquisito, único, parisino.