Lugares

 

Por Fernanda Blanco

 

A unos cuantos kilómetros de Capital Federal, en el partido de La Matanza, más específicamente en González Catán se encuentra un espacio que parece ficticio llamado Campanópolis en honor a su dueño y autor: Don Antonio Campana.

Una especie de aldea medieval casi improvisada, realizada en su totalidad con elementos reciclados de otras construcciones, cuyo futuro eran un remate o su destrucción. Una aldea cuyo único plano es un dibujo que aparenta ser un castillo de Princesa salido de una película animada de Disney.

Tras unos kilómetros de ruta nos encontramos con un gran paredón, todo indicaría que llegamos a un basural, pero no más atravesar la puerta descubrimos la magia. Aunque no estábamos tan errados al pensar en el basural ya que años antes, este terreno había pertenecido al CEAMSE.

Desearía tener mayores conocimientos arquitectónicos para describir el lugar, pero no haría falta ya que todo fue ideado por su dueño, sin estudios terciarios ni universitarios, pero con una gran imaginación. A medida que nos adentramos en el predio nos vamos encontrando con escaleras de famosas Iglesias, relojes de la tan transitada Estación de Constitución, lámparas que iluminaron la historia de Plaza de Mayo y podríamos seguir así hasta encontrar objetos que aún no sabemos su procedencia, pero seguro llevan años observando nuestras calles antes de parar en esta aldea medieval tan ajena al Medioevo.

No se ha escatimado en detalles, cada piedra, ventana, poste o semáforo, están ubicados en un lugar estratégico, o no tanto. Seguramente cosas que para nosotros no tienen tanto sentido, como un semáforo en el medio de un lago, para Don Antonio Campana tenían un rol esencial en el equilibrio artístico de su creación.

Pasadizos, torres, casitas en el bosque, una capilla, puentes, fuentes, plazas, este lugar se ha dado todos los gustos, con paredes forradas con monedas, puertas que funcionan de cielo raso, sillas de barbero, arañas, máquinas de escribir y todas las cosas que su autor no pudo terminar.

Un trayecto lleno de mosquitos nos conduce desde la plaza principal, a las doce casitas del bosque, la Iglesia y la Ciudadella. Un camino de dos horas que nos invita a ser niños exploradores cuyo único objetivo es ver, y por supuesto, fotografiar. Algunas casas nos permiten conocer su interior y otras no, el fuerte es la fachada o tal vez no hubo tiempo para el interior.

Pero no puedo decir más, porque lo mejor es descubrirlo por uno mismo.